El ábaco japonés recobra importancia en plena era digital
Mientras gran parte del mundo educativo continúa acelerando su transformación digital, algunos países desarrollados, como Suecia, empiezan a hacerse una pregunta que de seguro hará pensar a más de un padre de familia: ¿más tecnología necesariamente significa mejor aprendizaje?
El debate toma fuerza con decisiones como reducir el uso de dispositivos digitales en escuelas infantiles para reforzar nuevamente el aprendizaje basado en libros, escritura manual y materiales físicos.
En la actualidad, niños y adolescentes pasan cada vez más tiempo frente a dispositivos y crece la preocupación sobre cómo el exceso de estímulos digitales puede afectar la atención sostenida, la memoria, la paciencia cognitiva y la capacidad de resolver problemas. En medio de esa conversación global, una herramienta creada hace siglos vuelve a cobrar relevancia: el ábaco japonés soroban.
A simple vista, el soroban parece un instrumento sencillo: una estructura de cuentas deslizables utilizada tradicionalmente para realizar cálculos matemáticos. Sin embargo, detrás de esa simplicidad existe un poderoso ejercicio cognitivo.
Luis Artunduaga, Director Académico de ALOHA Mental Arithmetic en Ecuador, explica que a diferencia de muchas herramientas digitales que automatizan procesos mentales, el soroban obliga al niño a participar activamente del pensamiento. “Cada movimiento requiere concentración, visualización, coordinación y memoria operativa”, explica.
Por eso, el ejercicio con el ábaco japonés no se trata únicamente de “hacer cuentas”, sino que desarrolla habilidades como atención sostenida, agilidad mental, coordinación entre ambos hemisferios cerebrales, memoria de trabajo y capacidad de procesamiento rápido de información.
Artunduaga manifiesta que ALOHA Mental Arithmetic ha convertido el soroban en mucho más que una herramienta matemática: un método de entrenamiento cerebral para niños entre 5 y 13 años.
Abaco japónes y cómo los métodos manuales vuelven a tomar valor
Uno de los puntos más discutidos actualmente por neurocientíficos y educadores es cómo la exposición constante a estímulos digitales puede afectar la capacidad de concentración en niños.
Aplicaciones, videos cortos, videojuegos y plataformas digitales están diseñados para captar atención de manera inmediata y continua. El problema es que el cerebro infantil todavía está en desarrollo y aprende precisamente a través de procesos que requieren tiempo, repetición y esfuerzo cognitivo.
Ahí es donde métodos manuales y experienciales vuelven a tomar valor, tal como se está dando en Suecia. “No se trata de ser enemigo de la tecnología, sino de saber cómo y cuándo usarla”, expresa Artunduaga.
En su experiencia, el uso del soroban obliga a los niños a sostener el foco durante una actividad concreta. No hay notificaciones, ventanas emergentes ni recompensas instantáneas. «El aprendizaje ocurre mediante repetición consciente, visualización mental y resolución activa de problemas.”
Como resultado de esta práctica mental, padres y docentes de infantes que han sido entrenados, suelen notar cambios en áreas como: mayor capacidad de concentración, rapidez para procesar información, mejora en la memoria, incremento de la seguridad al participar en clase, mayor autonomía para resolver problemas y mejor tolerancia a tareas que requieren esfuerzo mental.
Por estos motivos, la verdadera discusión es otra: ¿qué habilidades humanas deben construirse antes de depender completamente de herramientas tecnológicas? Por eso, el resurgimiento de métodos tradicionales no necesariamente representa un retroceso educativo, sino una respuesta a una necesidad contemporánea: formar niños capaces de pensar, analizar y sostener atención en un mundo diseñado para distraerlos.

